“Demian” – Hermann Hesse

DemianEn esta maravillosa obra Herman Hesse construye la vida emocional de un personaje y describe el camino hacia el descubrimiento de su verdadero ser. El autor alemán, en la introducción al libro señala:

 “He sido un hombre que busca y lo soy aún, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí. Mi historia no es agradable, no es suave ni armoniosa como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse más a sí mismos…” [1]

En esta historia se relata el camino que Emil Sinclair hubo de vivir para dejar de mentirse a sí mismo, e ir tras aquella verdad que consideraba célula de su interior. A este género literario se le ha llamado bildungsroman, lo cual, es un término alemán que se emplea para describir el proceso de aprendizaje, formación o madurez de un personaje, en el transcurso de años que forjan su carácter o visión del mundo, como por ejemplo durante la adolescencia. A través de sus personajes,  Hesse logra plasmar la intuición de revelaciones arquetípicas, o más bien, porciones de realidades psíquicas, que fuera de él constituyen los guías de su camino.

Kromer, Demian, Pistorius y Eva representan imágenes de un ser eminentemente interior, que en su manifestación consciente comunican, dirigen y edifican lo que más tarde, constituirá, como lo dijera Jung a Hesse en su comentario a esta obra, el nacimiento y crecimiento de una nueva persona.  El autor, en contacto con todo este caos que se le presenta en forma de opuestos, aparentemente no-integrables, inmerso en el desorden que para un ser racional esto puede significar, se ve pues, en la necesidad de escribir y establecer un diálogo interno, para así darle forma a lo que a primera vista no encuentra cabida en el mundo del sentido, y así, poder nombrarlo.

Demian y el enfoque jungniano

El primer capítulo llamado Dos Mundos, revela ya, el primer contacto de Sinclair con su realidad, una que se ve dividida por opuestos, y en la que él toma lugar en ambas partes. La naturaleza de estos dos mundos es excluyente, y por lo tanto, a pesar de pertenecer especialmente al mundo luminoso, se ve ya dividido, pues algo de él vive también en el otro lado.

“Yo pertenecía por supuesto al mundo luminoso y recto, era el hijo de mis padres; pero donde quiera que tendiese mi vista o mi oído, encontraba siempre lo otro, y yo mismo vivía también en aquel otro mundo, aunque muchas veces me pareciese extraño e inquietante y acabase siempre por infundirme miedo y enturbiar mi conciencia”[2]

Es la aparición de Kromer, un niño que pertenece al otro mundo, la que marca el comienzo del proceso de crecimiento en el protagonista. Este personaje, a partir de una mentira de Sinclair, le induce a una serie de tareas que debe realizar a condición de no ser delatado. Estas tareas le introducen pues, a descubrir la parte suya que pertenece a ese mundo oscuro, que hasta entonces conocía tan solo superficialmente y le parecía ajena.

“Con el corazón helado tuve que presenciar cómo se convertía en pasado y se desligaba de mí todo mi universo, toda mi vida dichosa y buena, mientras me sentía sujeto ya al mundo tenebroso y desconocido (…). Por vez primera saboreé la muerte; la muerte que sabe amarga porque es nacimiento, porque es angustia y temor ante una terrible renovación”[3]

Según Jung, el espíritu puede presentarse en la figura de un niño o jovencito. En los hombres puede ser positiva y tiene entonces el sentido de una personalidad “superior”, pero también puede ser negativa y significa, en este caso, la sombra infantil. No se puede  afirmar con seguridad absoluta que las figuras de los espíritus sean moralmente buenas. Con frecuencia presentan signos no sólo de dualidad, sino de malignidad. Sin embargo, Jung insiste en que las bases generales, sobre las cuales se edifica la vida inconsciente de la psique, son tan poco firmes,  que no podemos nunca saber cuánta maldad se necesita para atraer la bondad, ni cuánta bondad es capaz de inducir a la maldad.

Kromer, encarna pues, este arquetipo del espíritu, en su aspecto negativo, y a través de tareas, en las que Sinclair debe trabajar para él, hace que el niño empiece a dejar ir, dejar morir su mundo luminoso, porque es necesario para esta terrible renovación, de la que nuestro personaje, hasta el momento, poco conoce y de allí su carácter de terrible e incierto. Ante la fatalidad y la revelación de este mundo tenebroso, aparece un nuevo guía, un nuevo espíritu, también con aspecto juvenil, pero ahora, manifestando el aspecto positivo y superior del arquetipo que antes se había mencionado.

A través de la historia de Caín y Abel, Demian se presenta a Sinclair, con cuestionamientos nuevos de aquello que hasta entonces había representado una verdad incuestionable.  Caín un hombre noble y Abel un cobarde. La marca de Caín una distinción, todo esto parecía no tener ningún sentido para el niño, sin embargo, reconocía cómo, él habiendo sido una especie de Abel, y ahora hundiéndose profundamente en “lo otro”, llevaba la señal en su frente. Su perversidad y desgracia le hacían sentir superior a su padre, quien ahora aparecía como un ser ingenuo, despreciable y exclusivo del mundo luminoso, lejos de él.

Con frecuencia, el arquetipo del espíritu, plantea preguntas, a fin de guiar hacia el conocimiento de sí mismo y al acopio de fuerzas morales; esto hacía Demian precisamente: poner en duda lo establecido como punto de partida para la iniciación.

El Arquetipo del Espíritu, proporciona los medios mágicos necesarios, es decir, la fuerza inesperada e inverosímil, capaz de conducir al éxito, que representa una característica especial de la personalidad unificada en el bien y en el mal. Y es así, de forma mágica, que Kromer deja de acechar a Sinclair por intervención de Demian, quien le asegura al niño que nunca le volverá a molestar. A partir de esto, Sinclair huye de todo este caos, e intenta refugiarse de nuevo en su mundo infantil, en el núcleo filial, huyendo también así, de aquello que le había salvado, pues de alguna forma también le empujaba al crecimiento, de nuevo a la renovación.

“Retorné al paraíso perdido; al luminoso mundo parental, (…) a la bondad de Abel, agradable a los ojos de Dios.” (…) Rescatado por una mano amiga, corrí ciegamente a refugiarme en el regazo de mi madre. (…) me hice más niño, más pueril y más dependiente de lo que era”[4]

En este momento se presentaba ante Sinclair el conflicto entre los dos factores psíquicos fundamentales, por un lado, la conciencia que intenta defender su razón y protegerse, y por el otro, el inconsciente que lucha por fluir libremente y establecer su dominio. Su reflexión hace referencia a lo tenebroso e incierto del viaje hacia sí mismo, a su inconsciente, al caos, en donde los opuestos no tienen cabida, y en donde solo a través de un proceso de vida irracional se llega a rozar la armonía, expresada en símbolos definidos. Este ha sido pues, tan solo el inicio de un camino que trae consigo muchos más obstáculos.

La naturaleza primordial y ancestral del arquetipo del espíritu encarnado en Demian, es descrita por el autor como un rostro de un hombre, una mujer, milenario, ajeno al tiempo, más parecido a los animales, los árboles o las estrellas, en sus palabras, “…un espíritu…”

Las circunstancias separan a Sinclair de su guía, se ve envuelto en una profunda soledad, en donde se abandona a una vida banal envuelta de borracheras y fanfarronería. Sin embargo, es esta sensación de soledad la que trae consigo el desasosiego necesario para avanzar en esa búsqueda y experimentar  esa transición definitiva, el adiós al núcleo parental. En este momento en que Sinclair enfrenta su soledad, enfrenta también los primeros destellos de una imagen femenina, que no posee forma determinada, y descubre que esta imagen femenina abarca incluso su propio ser.

“Me parecía como un ícono o una máscara sagrada, a medias masculina, y femenina a medias, sin edad, (…). Parecía conocerme desde siempre, como una madre.(…) Y poco a poco fue apoderándose de mí la sensación de que no era Beatrice, ni tampoco Demian a quien representaba, sino a mí mismo.”[5]

El ánima es una personificación de todas las tendencias psicológicas femeninas en la psique de un hombre, tales como vagos pensamientos y estados de humor, sospechas proféticas, captación de lo irracional y relación con el inconsciente. En su manifestación individual, el carácter del ánima, adopta la forma de la madre. El ánima, como todos los arquetipos, presenta aspectos positivos y negativos. Hesse por su lado despliega más bien, la representación de un arquetipo del ánima que desempeña el papel de poner la mente del hombre a tono con los valores interiores y, por tanto, abrirle el camino hacia profundidades interiores más hondas. No es ninguna casualidad, que a este retrato pintado por Sinclair, se le llame Beatrice, quien en la Divina Comedia de Dante, hace de guía e iniciadora en el Paraíso.

A través de esta proyección del  ánima, en esta figura, Hesse logra plasmar la función positiva del arquetipo. Toma en serio los sentimientos, esperanzas y fantasías enviadas por su ánima, y las fija, por escrito, o en pintura y de esta manera  surge entonces el material inconsciente.  La contemplación de esta imagen como un ser real conlleva a que el proceso de individuación se vaya haciendo paulatinamente la única realidad y puede desplegarse en su forma verdadera.

Más tarde, Sinclair reconocerá que el retrato que ha pintado es la imagen de la madre de Demian, a quien nunca había visto antes. Su encuentro con Eva, -nombre que hace alusión a la fecundidad, a la imagen cristiana de la madre de todas las criaturas-  ilustra la función que esta imagen desempeña en la obra:

“Por primera vez se fundían para mí el mundo exterior y el interior en una pura armonía, fiesta del alma que hace amable la vida. (…) Su saludo significaba retorno al hogar.”[6]

Este proceso de individuación se desarrolla paralelo a la realización de la conexión del ser humano con la colectividad. El proceso de llegar al sí mismo, implica una creciente conciencia del propio lugar en el mundo y del sentido de la existencia humana.

El último capítulo simboliza la renovación, el principio del fin. Un nuevo comienzo que inicia con la muerte, y que marca el camino hacia la vida, la individuación, paralela al nacimiento de un nuevo Mundo. Hesse reflexiona de nuevo acerca de la guerra, una guerra que por ser interna, devela la oscuridad en el afuera, y dispara en contra del enemigo, el de afuera, el distinto, que más bien resulta el blanco principal de nuestras proyecciones, porque tiene algo nuestro, algo nuestro que no podemos reconocer como propio.

El proceso continúa, tan solo se ha alcanzado el fin para volver a empezar. Esta vez, Sinclair conociendo que debe escuchar dentro de sí, pues Demian le ha dicho que al hacerlo, advertirá que su presencia ya no estará fuera sino dentro de él mismo. El sufrimiento no ha cesado, pero esta vez el camino no es en soledad, le acompaña él, su sí mismo.

“La cura me hizo daño. Todo lo que después me ha sucedido me ha hecho daño. Pero cuando alguna vez encuentro la llave y desciendo a mí mismo, allí en donde en un oscuro espejo, dormitan las imágenes del destino, me basta inclinarme sobre su negra superficie acerada para ver en él mi propia imagen, semejante ya en todo a él, a él, mi amigo y mi guía…”


[1] Hesse, Herman. “Demian”. Alfaguara: Madrid, España. 1993. Prólogo.

[2] Hesse, Herman. “Demian”. Alfaguara: Madrid, España. 1993. P.21.

[3] Hesse, Herman. “Demian”. Alfaguara: Madrid, España. 1993. P. 34.

[4] Hesse, Herman. “Demian”. Alfaguara: Madrid, España. 1993. p. 64.

[5] Hesse, Herman. “Demian”. Alfaguara: Madrid, España. 1993. p. 107.

[6] Hesse, Herman. “Demian”. Alfaguara: Madrid, España. 1993. p. 173.

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